LA REALIDAD Y EL SÍMBOLO
Oswaldo Roses *
Por aquí y por allá se mueven los que confunden cuestionando lo que les viene en gana y, porque cuestionan por vanidad muchos y no por una argumentación coherente, maltratan la base por la cual se obtienen las soluciones para los problemas reales.
La realidad es, en claridad, todo aquello que por sí mismo tiene capacidad para que existan consecuencias físicas y no su simbología, no un medio simbólico por sí mismo.
De sobra se sabe que los símbolos intentan distinguir -si no, no existirían- las cosas -por eso son medios del entendimiento-; pero no pueden describir las cosas al margen de su coherencia, de su "santa" o esencial misión por decirlo de alguna forma, y estar "sin saber nada" de principios, de leyes físicas, de la base o del sustento de la realidad o de las cosas. Por eso no pueden describir -"representar"- a un borrico que vuela, porque no existe, porque no es coherente a las susodichas leyes físicas.
Bien, todos utilizamos símbolos para hacer películas, "el tonto", descripciones, opiniones, ensayos científicos, etc.; pero esos símbolos pueden ir -y de hecho así se demuestra- con o sin la realidad, en coherencia o no a la realidad, es decir, van o no a favor de lo que unas normas naturales han posibilitado o pueden posibilitar.
Por ejemplo: una cruz simboliza al cristianismo y, en verdad, consigue consecuencias físicas; pero, esas consecuencias son, en realidad, hechas físicamente por seres humanos -que es de lo que la naturaleza más entiende-, no por el símbolo por sí mismo -porque símbolos pueden existir tanto infinitos reales como infinitos irreales- que es un medio de entendimiento. Otro ejemplo: un ser humano asesina por celos -causa- símbolo-; pero, la causa-física es él y la consecuencia-física es el asesinado.
Por ello, la realidad es lo que corresponde tanto a la causa-física como a la consecuencia-física conjuntamente, al margen del símbolo que nunca puede ser una consecuencia-física.
A todo correr muchos hablan de la realidad virtual, pero tal representación es simbólica -para nuestras mentes- e inevitablemente no puede convalidar una realidad-física -sin símbolos-. Sin embargo cuando alguien percibe el Sol al salir de su casa, pues entonces esa percepción se convalida con la misma realidad: estará allí actuando con o sin sus símbolos -y si es inteligente lo comprenderá-, con la realidad tal como es, provocando consecuencias-físicas -que él advertirá-, o sea, nunca prescindiendo de una conformación real o supeditada a lo que sustenta la realidad.
Los símbolos son medios que no necesita la realidad, sino los necesitamos nosotros para entenderla, para distinguir X -que puede ser una mesa- de Y -que puede ser un árbol-; para distinguir P -que puede ser asesinar a una persona- de Z -que puede ser el no asesinarla-. Así, para que exista "entender la realidad", para que exista inteligencia con su respetar las realidades, son imprescindibles, son importantes los símbolos; no obstante, los símbolos deben nombrar la realidad y no lo contrario -ya que podemos imponer que B sea un planeta sin energía-, porque sencillamente de la inteligencia se pasa a la idiotez.
Y si el término "relativo" es un símbolo totalmente idiotizado, porque obstaculiza la distinción de cada cosa y porque ya está totalmente demostrado que no existe al margen de la fantasía, entonces continuar con él es sumamente manipular -con el interés fantástico de unos cuantos- como hay medios que eso quieren y defienden sin descanso.
Todo término que obstaculiza el distinguir las cosas -y se puede
demostrar históricamente- sólo ha servido para la manipulación, para
confundir y confundir, para "el todo vale" y para una lamentable involución
de la inteligencia.
* Pseudónimo literario de José Repiso Moyano, pensador, poeta, narrador y ensayista español, nacido en Cuevas de San Marcos (Málaga). Ha publicado: Cantos de sangre, Ediciones Rondas,Barcelona, 1984, y La muerte más difícil, Ediciones Torre Tavira, Cádiz, 1994. Ha ganado los premios: "Ángel Martínez Baigorri" de Navarra y "Encina de la Cañada" de Madrid. Es asesor literario de la colección Torre Tavira de Cádiz, donde ha publicado los plegables La muerte más difícil (1994), Carne de cañón (1996), Soñada luz (1999) y La caja de cristal (2000). Ha colaborado con ensayos, artículos y poemas en las revistas Casa de las Américas (Cuba), La palabra y el hombre (México), La Nuez (EU), Julia (Puerto Rico), Repertorio Americano (Costa Rica), Turia (España), Signo (Bolivia), Nueva Avenida (Argentina), Trizas de Papel (Venezuela), El Universitario (El Salvador), Índice (Colombia), La Bota Literaria (Argentina), así como Zurgai, La luna de Mérida, Extramuros, Los Papeles de Río Seco, Fábula, Los Cuadernos de Bronce y Barcarola (España).