PAMPLINAS
Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán *
Era lógico, pero Benjamín jamás pensó, que en su nuevo puesto las responsabilidades se le multiplicaron de una manera exponencial, hasta el punto de atentar contra su muy bien consolidada fama de informal, por el sólo hecho de aceptar.
Tal vez el principio del problema estaba en que a pesar del nombramiento su vida académica seguía intacta, no había renunciado a su interinato docente en el que llevaba años y en el que otro tipo de ángeles -más materiales y cotidianos- seguían igual de pinches: dando varias clases durante el día con todo lo que esto implicaba; calificar un promedio de cincuenta exámenes por grupo, preparar los temas, aguantar niños formados entre un mal entendido Constructivismo, la era pos-deber y unos juegos virtuales muy adictivos; empujar un carrito como de gelatinas hacía el salón clase, en el que estaba un proyector dispuesto siempre a caerse; escribir artículos de todo tipo: de divulgación por gusto, uno mensual para su cuate el Scribe de la Revista en internet Veneno, otro para que no se muriera su querida Revista Pedagógica Caminos Abiertos, para no seguir cobrando ninguno; dando conferencias; aunque en estas ya se había vuelto un mañoso; tenía una presentación sobre Globalización, Sustentabilidad, educación y medios lista para ser adaptada para cualquier ocasión.
Pero ni hablar, toda la vida había tenido por lo menos dos trabajos y no iba a hacer excepciones después de casi treinta años de perseguir la chuleta entre bancas y pizarrones.
¿Por qué, si su vida, sobre todo laboral ya estaba al límite aceptó este nuevo cargo?; ¿Por el poder, que le otorgaba?; ¿Por el dinero tan necesario y que podría modificar su nivel de vida?; ¿Para ser alguien en la vida, sacar la cabeza y ver desde las alturas por lo menos una vez en la existencia?; ¿Para usar corbatas y perfumes de marca?; ¿Para ayudar a los demás? ¿Para influir en la mejora de las instituciones?; ¿Para ser un hombre de éxito y con reconocimiento social?
- Pamplinas.
Todas las mañanas antes de rasurarse, sobre todo al verse con el rastrillo en la mano, en el pedacito de espejo, que pende de un clavo en el baño, en el que todavía se alcanza a reflejar una cuarta parte de su cara, , este rosario de preguntas caía sobre su conciencia como una cascada incontenible e inexplicable. Mucho peor que agua fría sobre la espalda.
- Pamplinas.
Era la respuesta a ese chorro de dudas que le querían empañar la existencia diaria, antes de que se entibiara el agua de la regadera. Le gustaba la palabrita, muy probablemente eco lejano de la infancia- tal vez utilizada en alguna ceremonia escolar o aprendida de la voz de Don gato después de los argumentos de Cucho, en alguna transmisión vista en la televisión de bulbos y en blanco y negro que se arreglaba con golpes cuando la imagen se iba. Le gustaba la palabra por inútil y pusilánime, por que se adaptaba a lo representaba su nuevo cargo. Ahora no podía decir, como lo hacía tanto en su antigua vida casi a cada momento. Casi por sistema:
- Esas son puras pendejadas.
Ese Benjamín había que extinguirlo. Si había dicho que si al ofrecimiento, era por que aceptaba el puesto con lo que esto implicaba. Se trataba de autoengañar por diversos medios. Sin embargo, al pasar la plancha sobre la necia arruga de la camisa de vestir no usada por años, volvía la duda, obsesiva, lacerante, compendiada: ¿por qué carajos había dicho si al el pinche trabajito ese?, sobre todo pensando en lo que le venía en el día. Al terminar de anudarse la corbata rosa, ahora en el espejo del ropero se dijo sin clemencia:
- Pareces guarura desvelado y roto.
- Pamplinas - se contestó para darse valor, con una sonrisa un poco cínica, pasándose el zapato por la parte de atrás del pantalón.
- Ni hablar, en mi vida lo retro esta de moda- se dijo preparando ya su salida del departamento.
El otro trago de valor lo alcanzó en el puesto de periódicos de la esquina.
- Si esta bola de anormales volvieron ha aceptar a participar en el gabinete ¿ por que yo no? Pamplinas.- Volvió a sonreír de la inconsistencia existencial y obsesiva que lo tenía atrapado.
- Cual le damos profe- conciente el voceador que Benjamín Rojas nunca compraba el mismo periódico “si me de enajenar que sea variadito” decía.
- No Don Joaquín, gracias. Estoy en huelga de noticias desde las elecciones.
Decidió caminar hasta Avenida Insurgentes y tomar el Metro-bus. El cual abordo encontrando un asiento junto a la ventana. Pensó que en su nueva responsabilidad sobraban cosas que podía nombrar como pamplinas: reportes, informes, formatos, investigaciones, cumplimiento de metas, seguimientos, certificaciones, asesorias, puntos, bonos y evaluaciones.
Comenzó a clarear en la Ciudad de México, con la invasión de autos, prisas, luces mercuriales en extinción y desesperaciones por doquier. En ese concierto, Benjamín Rojas, pensó que la peor de todas las pamplinas, la labor que le parecía más absurdamente sorprendente, era que en un día, en unas horas, sin mediar ningún tipo de acción por parte suya que no haya sido dar el si que lo atormentaba, había pasado de ser sujeto de todas las evaluaciones posibles -de alumnos (patos con escopetas), autoridades, padres de familia, contratadotes, jefes de recursos humanos, del sistema, de acreditadores- a ser parte del jurado.
Por un acto que sólo puede ser calificado (¿?) de mágico y misterioso (cfr. Lennon y McCartney) paso de ser maestro en permanente seguimiento y apunto de volar siempre impulsado por una patada institucional en el trasero, a dictaminar, tomar decisiones y emitir juicios. A escuchar y hacerse oír cuando fuera necesario. Claro que si. Como no. Si señor.
Paso al lugar santificado de las juntas, en las que la vida de los demás se resumía a viabilidad y rentabilidad empresarial. A participar en Comités y en consejos, a aprender a callar y hablar en momentos indicados. A seguir la línea del que manda con la misma determinación de cuando correteaba colectivo de transporte para llegar a la Universidad. A ser un jefe en pequeño. Un futuro director en formación. Un líder en ciernes.
- Pamplinas- volvió a decir la voz interior cada vez en forma más incontrolable, cuando se conducía a la oficina. Lo malo es que ese día en particular, cuando lo pensaba lo escupía con voz cada vez más alta.
Le informo la secretaria que lo habían nombrado parte del jurado de un examen de ingreso y que tenía que ir a Moliere, en Polanco. Empezaría a las nueve y era indispensable su presencia.
Benjamín, ya rociado del poder seductor del corporativo, ahora tomo un taxi. Al llegar vio que su contraparte en el jurado esta evaluación era una persona que se le hacía conocida. La memoria, lo recuperó rápido, era el grandísimo prepotente que le había hecho la vida imposible en la presentación de una ponencia de un Congreso. La memoria de ese evento le había dado dos renglones a la ponencia y dos hojas a su comentario. Como no recordarlo; el era parte del consejo de redacción del congreso.
Conforme fueron pasando las personas a ser entrevistadas fue primero desarrollando una hipótesis, con respecto al otro jurado, que deshecho por principios (Benjamín podría ser todo pero no resentido o vengativo), pero que, pasados cuatro, había comprobado totalmente. La vaquita sagrada estaba hueca. No preguntaba cosa con un mínimo de coherencia y estaba totalmente fuera del tema en cuestión.
- ¿Cuál es la fenomenología de arte chino?
Los participantes se desconcertaban. Contrastaban lo que buenamente sabían. Él jurado invariablemente movía la cabeza, negando cualquier intento, desde una actitud de que el planeta entero no lo merecía y pasaba a reformular la pregunta en forma menos clara.
El esfuerzo de Benjamín era tratar de rehacer la integridad psicológica de los participantes. Ciertamente la mayoría de ellos con alguna carencia de conocimientos, pero al fin haciendo un intento profesional. Tratando de imponerse ante la adversidad.
En alguna pregunta del Jurado, la voz interna de Benjamín se reveló.
- Pamplinas- y alcanzó a decir seguido de un perdón como si hubiera eructado.
El participante de ese momento se desconcentró aún más. El otro jurado no quiso oír. O disimuló no escuchar.
Lo cierto es que Benjamín se sentía muy mal del numerito del día. Estaba seguro que ya tenían al que ocuparía la posición y sólo venía a legitimar. Nadie se lo había dicho pero en este país la democracia nunca había nacido. Menos la ocupación de puestos por méritos propios.
Por fin finalizó el tormento. El jurado en un voz baja le comento:
- Huff ya terminamos pero que difícil este trabajito ¿no? Oiga colega, se acuerda que nos conocimos en el penúltimo Congreso. Por cierto muy interesante su ponencia. Le iba a decir ¿Qué le parece que colegiemos la evaluación?
Benjamín se sintió con bolsas de plástico, con dinero en las manos y ligas en las muñecas. La voz comenzó a presionar: Que te parece que vayas y chingues a... Recordó su puesto. Sintió asco y mareo. Lleno el formato, se puso de pie y a manera de despedida inclinando la cabeza grito ya en la puerta.
- Pamplinas.
* Profesor normalista, sociólogo, psicólogo educativo y educador ambiental. Cinéfilo y escritor por gusto entre otros libros de Maestra Vida y La vida es mejor que la Escuela. Recientemente publicó la novela colectiva El maestro Equivocado. Como de nada de lo anterior se vive, da clase en instituciones de Educación Superior.