UNA ASPIDISTRA EN LA VENTANA
Ana María Peppino Barale *
Domingo por la tarde. Decido olvidar el artículo que estoy intentando concluir, se me secaron las ideas (y últimamente tengo tan pocas…). Decido salir a dar la vuelta, aproximadamente 50 minutos de caminata rápida con obstáculos. Tengo pensado proponer para un premio las banquetas de la colonia donde vivo: angostas, desparejas (por las entradas de los coches que aquí son múltiples) y, como el ancho de las mismas no da para las raíces de los árboles éstas levantan la banqueta y se transforman en trampas a la mano, mejor dicho a los pies, para torcer cuanto hueso o músculo se intenta apoyar en ella. Es un buen ejercicio, no sólo físico, porque requiere de mucha concentración para sortear todos los “peligros” que representa vivir en un lugar donde la “calidad” de vida se entiende, supongo, por la marca (europea, cero kilómetros, por favor), el tamaño y el número de vehículos automotores que se pueden adquirir, como signo de comodidad (sic) y estatus.
Por lo tanto cuando retorno ilesa me siento algo así como “la buscadora del arca perdida” (¿ya la habrán encontrado tu?). Tengo mucho cuidado de no caminar por el camellón porque los educados/as que pasean a sus mascotas de cuatro patas, patitas y patotas no acostumbran recoger sus excrementos. Y, de ningún modo, quiero ensuciar mis bellos Pumas (la marca, no los bellos especímenes felinos) que me costaron un montón y otro poquito (¿por qué en México todo es tan caro?).
Llego, digo, y después de saciar mi sed de agua (del conocimiento viene después), me dispongo a ver la TV. Claro que no la pantalla sino lo que en ella proyecten, va la aclaración por el cuento ese del papá monterrelleno (de esa próspera, industriosa, progresista, estudiosa -ahí nació el TEC-, claridosa y ahorradora -coda- ciudad norteña llamada Monterrey), que cuando su hijo (único of course) le preguntó si podía ver la tele, él le contestó:
- Por supuesto hijo, ¡nomás no la prenda!
Después de enterarme de la programación me decido por una película inglesa, ya comenzada, pero que para mí empezó cuando –dont worry no voy a contar toda la película- un hombre busca una pensión (para él, no tiene coche ni gato) y le recomiendan una algo más adelante de la calle en que se encuentra y como seña le dicen que verá en la ventana una “aspidistra”. La cámara sigue al personaje y se detiene en una ventana que deja ver una planta en el interior; el individuo en cuestión golpea la puerta con el llamador, la dueña sale a recibirlo y enterada del propósito lo invita a pasar y ver la habitación disponible. Al abrir la puerta la cámara vuelve –insiste- en la maceta colocada sobre una mesa cerca de la ventana. ¡No puedo creerlo! ¿Cómo dijo que se llamaba la planta? ¡Aspi… qué? ¡Yo la conozco como hoja de salón! Así que, fuera de mi costumbre, registré el día y la hora y el canal en que volverían a transmitir la película y en ese momento con paciencia esperé, pluma en mano, que dijeran el nombre, lo apunté e inmediatamente bajé a consultar a San Google (mi santo y gurú favorito):
ASPIDISTRA (Aspidistra eliator)
Procede de China y el Extremo Oriente. Es de porte medio, muy resistente y de vegetación perenne. Esta especie se caracteriza por su reducida demanda de luz, lo que permite colocarla en macetas en rincones y pasillos, donde otras plantas no resistirían. También conocida como Hojas de salón.
¡Vaya! Después de añísimos me enteró de su nombre científico y su origen. Entendiendo por qué en mis recuerdos aparece en salones y pasillos y luego muchas veces las vi en películas que rememoraban los años veinte, especialmente en los grandes hoteles donde los europeos ricos pasaban los meses de verano, y entre las muselinas y gasas, de colores claros que envolvían las siluetas de las damas, ricas, prósperas, bellas y aburridas, que se deslizaban displicentemente de un lugar a otro de las imponentes salas que, invariablemente, estaban adornadas con unas bases de madera lustrosa, altas, en cuya plataforma se depositaba un macetero de latón repujado y adentro una ASPIDISTRA lucía sus hojas verde oscuro brillante. Parece que durante años esta planta por su característica de soportar poca luz, era ornamento favorito para la decoración de salones.
Después de aculturarme sobre esta sobria, aguantadora, elegante, resistente y siempre verde representante del mundo vegetal, sentí como si hubiera recuperado parte de mi pasado. Se trata en todo caso de haber colocado una pieza más en el rompecabezas que es la vida e inmediatamente puse manos a la obra para darle su lugar a las hojas de salón que amarillean en una maceta, entre otras variedades, en mi terraza. Y, no van a creer esto, dicha maceta y su contenido me han seguido en los últimos ocho años y tres cambios de domicilio. Pero, recordando, una cuñada me regalo la aspidistra muchos años atrás, así que la actual tiene una ascendencia de más de 20 años. Esta especie tiene la característica de que se puede duplicar separando de la mata una porción de rizoma que tenga, al menos, dos hojas, así que me di a la tarea de rescatar seis rizomas que planté en una maceta y la coloqué en el interior de la casa donde ha recuperado el color verde oscuro de sus hojas y ya van desplegándose diez “cartuchitos” de nuevas hojas. Y luego que me digan que la TV es una caja idiota descalificando todo lo que se puede ver en ella, cuando depende de la selección que se haga de los programas y luego de que se ponga atención a lo que se ve o escucha. Con la lectura sucede algo similar, es cuestión de mirar de otra manera.
Así que fue un domingo redondo, ejercicio físico y mental, con recuperación histórica-botánica. ¿No es lindo?
* Profesora-investigadora de la UAM Azcapotzalco.