Literatura


KURT VONNEGUT. EL SABOR AMARGO DE LA DISTOPIA


Rafael Mendoza Toro *

So it goes, se murió. Finalmente, después de mucho anunciarlo, el escritor Kurt Vonnegut murió en su casa de New York el pasado 11 de abril a los 85 años de edad. Esta vez, la de verdad, no fue por propia mano, como lo intentó en 1984, ni mediante el suicidio asistido por el consumo de dos cajetillas sin filtro durante más de 60 años; contra estas formas anticipadas hasta el regodeo, encontró el final al caer y sufrir daño cerebral irreversible pocos días antes de su muerte. Aunque no fue referido, se puede especular que al morir en casa, su viuda le otorgó un final en paz, lejos de hospitales y respiradores artificiales.

En los días siguientes, el establishment liberal norteamericano, le dedicó fervientes panegíricos, compitiendo Washington Post, New York Times y Greenwich Village por los adjetivos, de “uno de los más grandes escritores norteamericanos del siglo XX” no lo bajaban y equiparaban a John Updike, Norman Mailer o Philip Roth, entre otros. En contraste, como comprobación que no hay tal globalización cultural, en México apenas ganó breves referencias en las secciones culturales, donde se le calificaba como “escritor de ciencia-ficción”, aunque la peor corrió por cuenta de cierto diario de cierta izquierda, que sólo pudo decir que había sido “activo opositor de la guerra en Irak”. Si acaso Vonnegut hubiera caído en un “infundíbulo sincronoclástico” seguramente reiría ante tamaña sarta de estupideces. Pero, antes que abandone la lectura de este texto: ¿Quién fue Kurt Vonnegut?

BIOGRAFIA ES DESTINO

Como en pocos escritores, para Vonnegut su biografía fue determinante en su obra; poco importaba que la trama se desarrollara en Titán, luna de Saturno, constantemente se encuentran referencias a su pasado. Tal vez suene exagerado, pero buena parte de su obra puede calificarse como una larga autobiografía apócrifa, donde el autor no se ocupa en fijar límites precisos entre la ficción y la recreación.

Kurt Vonnegut Jr., hijo de un arquitecto del mismo nombre, nació en Indianápolis, Indiana el 11 de noviembre de 1922. Su padre, según refiere, era un constructor exitoso, probablemente el “hombre más rico de Indianápolis”, aunque en perspectiva, su fortuna estaba lejos de competir con la del neoyorquino David Rockefeller. Esta situación cambió a los pocos años, con el crack de la Bolsa de 1929 y la profunda crisis económica que siguió, la fortuna de Vonnegut padre desapareció. Si bien la familia nunca llegó a ser realmente pobre, esta pérdida fue trascendente al sufrir su madre Edith una fuerte depresión que la llevó finalmente a suicidarse al tomar un destapa-caños, según narrará su hijo. Siguiendo sus remembranzas, su madre perteneciente a una familia de pretensiones aristocráticas, no pudo sobrellevar el simple hecho de ya no ser rica.

La vida cotidiana en su ciudad le fue aportando también elementos formativos. Apenas un pueblote con pretensiones de ciudad donde granjeros blancos del medio oeste intentaban ser cosmopolitas, Indianápolis encerraba también sus demonios, empezando por un profundo racismo. Sin distinguir ficción o realidad, Vonnegut narra de un pueblo cercano donde los negros no podían pasar la noche: eran aceptados como trabajadores e incluso como consumidores en los almacenes, pero al ponerse el sol, más les valía salir del allí; como ejemplo un negro forastero, seguramente del norte, fue castigado por su pretensión siendo montado sobre alambre de púas, tirando la turba de sus piernas hasta que fue cortado en dos. Vonnegut no equipara a sus coterráneos con la White trash descrita por Erskine Caldwell, sino como blancos educados, respetuosos de la palabra de Dios y del orden establecido, lo que tal vez lo hacía más terrible.

De esos primeros años surge también otro elemento iterativo en la literatura de Vonnegut, su desafecto por el capitalismo corporativo. Su abuelo paterno, inmigrante alemán y alguna vez militante social-sindicalista, ideología que conservó pese al enriquecimiento de su hijo, jugó un rol paternal para el joven Kurt, induciéndolo en las ideas subversivas, pero sobre todo, a personajes como Eugene Debbs, dirigente socialista y en alguna ocasión candidato a la presidencia norteamericana, quien le causó una profunda impresión, al punto que reaparecería posteriormente en sus textos.

La Segunda Guerra Mundial le da un nuevo giro en su vida y una experiencia definitoria. Estudiando en la universidad de Cornell, el joven Vonnegut es llamado a filas, recibiendo ahí un trato “extraño”. La milicia norteamericana es particularmente complaciente con los universitarios, sobre todo si son de escuelas de elite como Cornell; reconociéndolos como sus futuros dirigentes, prefiere no exponerlos a morir en batalla, que para eso están blancos pobres, negros, latinos y demás minorías perfectamente prescindibles. Distinto destino se depara para el private Vonnegut: es enrolado en la infantería y destinado a la invasión de Europa. Años más tarde, especula que fue por sus raíces alemanas que se le exigió una prueba de patriotismo adicional, enviándosele a combatir a sus casi paisanos, hipótesis plausible si recordamos que los descendientes de japoneses fueron enviados a campos de concentración.

La guerra no le depara grandes honores, a los pocos meses de campaña el soldado Vonnegut pierde contacto con su regimiento y vaga por los campos de Francia hasta ser hecho prisionero por el ejército alemán. Ahora POW (prisioner of war), es enviado a la ciudad de Dresden e incorporado a la fabricación de vitaminas para los soldados, trabajando y viviendo en los sótanos del Schlachthof Fünf, el matadero número cinco, desde donde sobrevive al bombardeo de la ciudad los días 13 y 14 de febrero de 1944. Durante casi 48 hrs. Dresden, una ciudad sin importancia militar recibe una oleada tras otra de bombarderos aliados que arrojan miles de bombas incendiarias. Como consecuencia del ataque, más de cien mil habitantes mueren, la mayoría calcinados en sus sótanos, donde habían buscado protección. Los prisioneros son encargados de la limpieza, atestiguando Vonneget con sus propios ojos el mayor crimen impune de la segunda guerra; pues los culpables fueron los vencedores. Nunca volverán a sonar iguales, para el joven soldado, las grandes palabras de justicia, democracia y libertad, con que Norteamérica se adorna.

El fin de la guerra determina su liberación, retorno a su país y a sus estudios; siguiendo el sueño americano se casa con su novia de high school y empieza a trabajar en relaciones públicas para la General Electric, el mayor corporativo de Norteamérica; la vida parecía transcurrir tranquila y predecible para Vonnegut, salvo que escribir, su gran afición desde prepa, le sigue ganando tiempo y dedicación.

ESCRIBIENDO PARA SUS FANTASMAS

Hay larga distancia entre afición y profesión: se puede escribir en el semanario preparatoriano e incluso ser editor del periódico universitario, mas eso poco cuenta ante una carrera en la mayor empresa de la más grande nación capitalista. Pero Vonnegut insistía en escribir, sus cuentos y novelas cortas se publican lo mismo en Collier´s que en Playboy desde inicios de los 50 haciéndole ganar un poco dinero y reconocimiento, aunque su primera novela Cat´s craddle sea rechazada como tesis de grado por su universidad. Como sea en 1952 publica Player Piano, novela distópica sobre un futuro dominado por las maquinas, empero pasa casi desapercibida.

Su segunda novela publicada en 1959 Las Sirenas de Titán, le otorga cierto éxito económico aunque escaso reconocimiento, al ser clasificada como “ciencia ficción”, subgénero no del gusto de críticos serios. Ubicada en Titán, luna mayor de Saturno, la novela juega con la discontinuidad espacio-tiempo, los viajes temporales originados por un infundíbulo crono-sinclástico, que permite navegar entre Sol y Betelgeuse, aunque llama más la atención al lector la creación de una religión, la Iglesia del Supremo Indiferente, cuyo moto “A dios no le importa” suena más creíble que muchas teologías. Con todo, el dinero recibido por la novela le permite renunciar a su trabajo e intentar vivir sólo de escribir y dar clases.

Un primer intento de exorcizar sus fantasmas se convierte en su primer éxito comercial y de crítica: en 1969 publica Slaughterhouse Five (Matadero Cinco), remembranza de sus días en la guerra. En la novela, Billy Pilgrim, cuarentón y decente ciudadano, en el límite de un ataque de esquizofrenia, revive sus días como prisionero de guerra en Dresden y su macabra experiencia de amontonar cadáveres después del bombardeo. La obra llama poderosamente la atención por dos motivos: en primer lugar por su temática, pues la masacre de Dresden había sido borrada de los anales de la Segunda Guerra -la vieja práctica de que la historia la escriben los vencedores- y el horror de un ataque que produjo más víctimas que el bombardeo de Hiroshima hizo que se cuestionara la actuación ética del ejercito aliado, los “buenos” en esa guerra, sobre todo en el contexto de la guerra en Vietnam. Mas fue la ruptura estilística la que definió al nuevo Vonnegut; pues mientras sus dos novelas previas tienen una formación ortodoxa, pese a las excentricidades temáticas, en ésta rompe esquemas y presenta una estructura esquizoide, equiparable al personaje, donde las tramas concurrentes y las regresiones se combinan y paradójicamente, dan un resultado legible: seguimos al peregrino Billy por las sendas de la locura y encontramos que el camino es accesible. Como efecto colateral del éxito, su novela-tesis Cat´s Cradle es finalmente aceptada por su universidad y casi al cumplir 50 años es antropólogo graduado.

Sus 50 años le hacen también darse un regalo insólito, un libro: Desayuno de Campeones (1973), nuevo salto estilístico al punto que incluso es difícil considerarlo “novela”. En el texto libremente confluyen reflexiones, depresiones e ilustraciones personales, un retorno a su natal Indianápolis y el relato de la vida de Kilgore Trout, fracasado escritor de ciencia ficción. Trout más que un personaje, termina siendo un heterónimo con vida propia e incluso una novela publicada; es un anciano que vive en los altos de un cine gay en New York, escribe bizarros textos que sirven de coartada para ilustrarlos con imágenes pornográficas, que determinan su venta. En textos siguientes Trout seguirá apareciendo, lo mismo en nuevos giros de su vida o como autor de argumentos que cambiarán la vida de otros personajes, como en Dios le bendiga Sr. Rosewater, donde las noticias del planeta Llama detonarán la esquizofrenia del protagonista.

Habiendo encontrado la fama (alguna) y la fortuna (poco menos) el estilo de Vonnegut se va decantando, mas no su visión pesimista sobre el mundo y sobre todo del futuro, alcanzando tintes mórbidos. Es coherente en consecuencia, su gusto por las distopías, futuros aterradores muy lejanos de los universos utópicos de la ciencia ficción y más cercanos al 1984 de Orwell. Dentro de éstas destaca el cuento Harrison Bergeron, donde describe cómo, a partir de las mejores intenciones se puede llegar a los peores resultados: el gobierno norteamericano intentando hacer efectiva la primera enmienda constitucional, que establece que “todos los hombres son creados iguales…” decide actuar contra los desiguales, los que son más bellos, fuertes o inteligentes, quienes con base en sus capacidades con “frecuencia intentan salirse con la suya”. Como promotor de esta equidad, el Ministerio Igualitario detecta a los desiguales, instalándoles dispositivos compensadores que anulan sus ventajas, pues siempre será más sencillo igualar hacia abajo. Conociéndose su desafecto por el sistema capitalista, la parábola aplica más a sus amigos revolucionarios, dispuestos a llevar al cielo a los pobres, previo paso por el autoritarismo.

Otra distopía que refleja una cierta resignación en su pesimismo es Galápagos (1985) donde en medio de una catástrofe ambiental, se cuestiona porque, pese a sus grandes cerebros, los humanos han sido incapaces de ser felices y vivir en armonía consigo mismos y el mundo; consecuentemente, los humanos sobrevivientes evolucionan en el sentido correcto, disminuyendo las capacidades de su gran cerebro y desarrollando aletas, así en un futuro lejano, nuestros descendientes vivirán felices y en armonía, aunque serán más parecidos a delfines.

El punto final oficial de su obra lo fija en Time Quake, publicado en 1997, donde prácticamente abandona las pretensiones de novelar, conteniendo textos sueltos sólo ligeramente relacionados con la trama central: otra distopía generada por terremotos temporales. El libro da marco para la última aparición en el escenario de Kilgore Trout y la expresión de pensamientos “inquietantes” para algunos de sus seguidores, como es la casi aceptación de la teoría del “diseño inteligente” vs. la evolución darviniana. Pese a este final, Vonnegit siguió publicando reflexiones, dando conferencias, incluso conduciendo un programa de radio, trabajos recopilados en God bless you, Dr. Kavorkian (1999) y A man without country (2005).

DE POLÍTICA Y PELÍCULAS

Kurt Vonnegut fue un ser eminentemente político, en el buen sentido: participa y critica en la cosa pública, expresando su verdad y evitando el compromiso del militante. Siendo un crítico constante del sistema norteamericano desde su juventud, conociendo y después glosando las sagas de las luchas obreras, vive también las épocas oscuras del macartismo y los caza-comunistas, los inicios de la guerra de Vietnam y prácticamente cuanta canallada ha cometido su gobierno contra sus ciudadanos y el mundo; empero sus críticas no lo llevan al camino de la militancia, del compromiso por buscar un cambio. Bien puede ser el reflejo de su visión pesimista, bien el conocimiento de las bestialidades que a nombre de la revolución se cometían, mas Vonnegut nunca llega a suscribir una causa; cuando más expresó simpatías por George McGovern, candidato demócrata que enfrenta a Nixon, pero en ellas hay mucho la satisfacción de saberse derrotado de antemano: no será corresponsable de las pifias de un McGovern presidente, sino corifeo de un Quijote perdedor. Salvo en el episodio de McGovern, expresa siempre igual desafecto por demócratas y republicanos, considerando que su única diferencia reside en que si bien ambos odian a los pobres, a los demócratas les da pena reconocerlo.

Sus críticas al sistema no lo llevan a postular la inminencia de la revolución, opción por la que no guarda ni esperanzas ni confianza. En plena guerra de Vietnam, cuando la campaña en su contra estaba en efervescencia, Vonnegut en una charla universitaria proclama la inexistencia de la revolución, recordando a la audiencia que “el único hombre que ha derrotado a un tanque de guerra fue John Wayne, e iba en otro tanque”. Aunque en sus textos no se encuentra ninguna referencia, su pesimismo guarda semejanzas con el pensamiento del filosofo Emile Cioran; como mejor prueba, en otro texto menciona que, después de varios años de enseñanza en la Universidad de New York, la mayoría de sus alumnos decidieron no reproducirse, la autentica vía Vonnegut al cambio.

A la otra gran industria de entretenimiento norteamericano, el cine, Vonnegut tampoco es ajeno, aunque su fortuna no es buena. Pese a que su narrativa es ágil y tiene fuertes componentes gráficos, incluso trabajando en guiones televisivos, paradójicamente no encuentra una buena traducción cinematográfica. Su primera adaptación, su éxito Matadero cinco, fue dirigida en 1972 por George Roy Hill, modesto artesano cuyo producto queda lejos de la prosa que lo origina, esto pese a que la adaptación fue del propio Vonnegut. Si bien Cannes le otorgó a Hill la Palma de Oro como director, no fue más que otra decisión “políticamente correcta”, tan al gusto francés.

Pasaron diez años en lo que siguió escribiendo guiones televisivos, hasta que en 1982 su obra regresa a la pantalla grande, esta vez con una adaptación de una obra menor: Slapstick. Comedia inclasificable, en ella participan por igual millones de chinos que para sobrevivir a la escasez de alimentos se reducen de tamaño y recorren el mundo en miles de naves, que una pareja de gemelos genios-idiotas; interpretados por Jerry Lewis, quien también dirige. Como sucede con la filmografía de Lewis, la obra es ya objeto de culto para sus seguidores, aunque ni la crítica ni la taquilla le mostraron gran aprecio.

Madre Noche, novela de 1961, adaptada en 1996 y dirigida por Keith Gordon, es tal vez la obra de Vonnegut mejor tratada en la pantalla. Profunda reflexión sobre el amor, la muerte y la culpa, narra las desventuras de Howard Campbell, espía norteamericano en la Alemania nazi, donde para hacer su trabajo se presta a conducir un programa radial de propaganda destinado a convencer a los Estados Unidos que Alemania es su real aliado y que el nazismo una ideología que no les es ajena. Desempeña tan bien sus dos trabajos, que al final de la guerra es secuestrado por los israelíes para ser juzgado como criminal; encontrando Campell, representado en la pantalla por Nick Nolte, que bien se lo merece.

Otros dos textos de Vonnegut, Harrison Bergeron y Desayuno de Campeones, fueron filmados en 1995 y 1999 respectivamente, empero sin haberlos visto, sólo puedo citar que del primero hay buenas críticas, que no comparte el segundo.

REFLEXION ANTES DEL CIERRE

Ante su muerte, la primera lógica consecuencia será la reedición y revisión de su obra; sesudas tesis doctorales se escribirán sobre él y es posible que algunos jóvenes lectores se acerquen cuando lleguen a la madurez y dejen a Harry Potter. También es muy posible que Hollywood, siempre en déficit de ideas, decida filmar, con mayores presupuestos y -espero- mejores directores, sus obras mayores, empezando por Matadero Cinco, aunque por el resurgimiento de los filmes de ciencia ficción bien podría verse Las Sirenas de Titán. Aunque es un camino considerado espurio por los puristas, el cine bien puede ser la vía para que un escritor de minorías alcance finalmente grandes públicos.

En México, tal vez también en Latinoamérica, encontrar libros de Vonnegut implica rebuscar en librerías de viejo, pues no ha habido reediciones de sus primeros textos e incluso sus más recientes ni siquiera fueron traducidos, creo que Galápagos está en español pero no lo aseguro.

¿Perderán algo los lectores mexicanos por haber olvidado e incluso no conocido a Vonnegut? Lo ignoro, es más, siguiendo su pesimismo, habría que recordar la tesis de Gabriel Zaid acerca de los demasiados libros y preguntarse: ¿Alguien menor de 30 años recuerda a Manuel Scorza o a Pedro Mir? ¿Dónde están los protagonistas del boom latinoamericano? Aunque la parte sustancial de su obra fue escrita en los 50s y 60s ¿Cuántos recordarían a Carlos Fuentes si hubiera muerto en los 80s, digamos en el avionazo de Barajas? Probablemente Vonnegut reiría ante las pretensiones de trascendencia y sólo repetiría: “So, it goes”.

* Nació en el DF en 1952, reside en Aguascalientes desde 1992. Medico cirujano por la UNAM, sin ejercicio lucrativo de la profesión. Desempeñó diversos encargos en la Administración Pública Federal, principalmente en el INEGI y la Secretaria de Programación y Presupuesto. Investigador de los determinantes económicos y sociales en la salud, colaboró en el proyecto “Salud Enfermedad y Muerte en los Altos de Chiapas” en el Centro de Investigaciones Ecológicas del Sureste, y en la investigación publicada en la serie “Necesidades Esenciales: Salud, situación actual y panorama al año 2000”, por la Presidencia de la República y la Ed. Siglo XXI, en 1983.

Militante de la izquierda desde 1968; fue Secretario de Formación Política del Comité Estatal del PRD de 1997 al año 2000. Analista sobre temas políticos y sociales en diversos medios locales, como las revistas Crisol y Tiempo de Aguascalientes y los diarios El Sol del Centro, Página 24 y Aguas; escribe para el suplemento Contextos del diario de circulación nacional Milenio desde el año 2001. Fue coordinador del libro: “Alternancia y transición democrática, la experiencia de Aguascalientes”, editado en el año 2005 por el Senado de la Republica y la Universidad Autónoma de Aguascalientes.

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