ENCUENTRO CON LA POESÍA
Ana María Peppino Barale *
Los Congresos tienen la virtud de acercar a sus participantes no sólo en lo académico sino en lo espiritual. De repente se encuentra una con otras mujeres con las que inmediatamente se establece un lazo que parece haber existido soterrado desde mucho tiempo atrás, se trata de una “recuperación” entre personas que hasta ese momento no se habían visto, pero seguro se presentían.
En agosto del 2006, viaje a la capital peruana para participar en el Tercer Simposio Internacional “Escritura Femenina e Historia en América Latina”, convocado por el Centro de Estudios La Mujer en la Historia de América Latina (CEMHAL), y ahí la conversación nos envolvió rememorando nuestro común terruño original, ella de San Miguel de Tucumán, allá por el noroeste argentino, y yo de la bota santafecina acostada sobre el Paraná. Las dos nos llamamos igual; las dos construimos nuestras vidas adultas en otro país, donde echamos raíces profundas; nuestros ancestros salieron también de Italia, los de ella de Campobasso, provincia de Molise; los míos de Cuneo en el Piemonte. Ella, médica y poeta, entreteje su tiempo curando cuerpos y enriqueciendo almas.
Ana María Intili me obsequió su Niña de San Miguel cuya tapa azul celeste recuerda a la bandera que Belgrano izó en las Barrancas del Paraná en los lejanos días de las luchas independentistas en el Río de la Plata. Este poemario , que dedica a su madre Celeste y a su padre Donato, no solo es el hijo del intelecto de Ana María sino que los hijos biológicos también tuvieron su parte en la edición del texto: diseñó la portada Javier Atoche, su hermano Germán cuidó la edición y de Carlos son las ilustraciones de la Serie Mujeres una de las cuales aparece en la tapa.
Intili da libertad a la palabra y a la forma, a menudo sin puntuación ni mayúsculas los versos se suceden moldeando figuras evocadoras. En De tiempo y raíz, la primera de las cinco partes, nos lleva de la mano por su mundo personal, familiar, que reconoce en Herencia su raíz transoceánica porque “hunde [sus] manos/ en la masa del recuerdo”, y señala el camino para reconocer la sangre de los ancestros cuando precisa firmemente las acciones necesarias: “saca los pedazos/ júntalos/ únelos/ átalos”. A su padre Donato Intili, en “sueños lo [ve] entrar / cada mañana” y “su voz vuela en la nostalgia”, mientras que a su madre Celeste Rongetti le reconoce una “vida de infinita paciencia/ convertida en cosecha diaria”. Con su hermana Rafaela y su hermano Juan Carlos comparte en Navegantes, la hechura de los “breves barcos de papel” que “por el mal tiempo y el granizo / se desplomaron”. A sus hijos Javier, Germán, Carlos los evoca como “tiernos lirios/ blancos como el amor/ traviesos como el huracán”, y a uno por uno le dedica respectivamente Página blanca, Hijo, sabes? y Carlos.
De Silabario, la segunda parte, me llega el Grito para que “todos escuchen/ y escuchen / sin volver la mirada”; igual, me sacude Cuaderno al viento y siento angustia porque la poeta me/nos dice: “ayer perdí mis versos/ en la calle más oscura y abandonada” y, como adivinando el azoro provocado, concluye para alivio con seis palabras contundentes: “sin embargo/ recupero/ ahora/ estos versos”. Con implacable sencillez justifica la existencia del Lápiz que “Agotando papeles/ rescata de la nada/ las inclemencias del alma”.
En Madrigales del agua, uno de los cinco poemas que componen esta tercera parte tiene como epígrafe unos versos del poeta Javier Heraud (1942-1963) que murió baleado en medio del río Madre de Dios, frente a Puerto Maldonado, Perú y de ahí la justeza de su selección para el poema A la soledad del río, cauce líquido cuyo “rugido tenebroso y eterno” anuncia “el arco iris/ la sangre derramada/ los sombríos de verdes hastíos”.
Ana de los azahares me parece la sección más intimista, más nostálgicamente amorosa, más –si eso cabe- autobiográfica pues, como lo dice su nombre, evoca a una Niña de San Miguel que pega su nariz “al cristal de la ventana/ los rulos claros y el vestidito celeste” mientras espera que sus hermanos regresen del colegio. La misma que en Soñando olvido “cambió tierra por tierra”; la misma que en Ayer salí a caminar espera “encontrar retazos” de sí misma o “amigos olvidados”; la misma, en suma, que no puede olvidar el perfume de los azahares que envuelven las “largas calles tucumanas”.
Y con un juego de palabras Abrazada-abrasada se inicia la quinta y última parte donde la sensualidad aflora y donde va trazando un camino compartido cuyo inicio tiene lugar y fecha en Antofagasta 1972, donde atestigua: “nuestras vidas se encontraron/ una mañana de otoño” en la que “nuestras miradas se cruzaron” y donde “cada hoja dijo/ para siempre”. En Amor, amor reafirma la presencia del otro rememorando “cuantas veces tus dedos/ rozan mi velo de flor dormida”, donde las “sombras confundidas/ en las formas cotidianas” de un Amanecer se materializan en la “cama entibiada” que guarda “dos cuerpos atardecidos” que se llenan de “un júbilo/ [que] invade la quietud del deseo”, en Todas las horas.
Ante la poeta y su poesía no queda más que una lectura desde la propia identidad. Cómo se lee la poesía si no es escarbando en la sensibilidad personal que, en este caso, se envuelve con el perfume siempre presente de las pequeñas flores blancas de los cítricos tucumanos. No hubo de otra: cuando mi tocaya me entrego su Niña de San Miguel, también me ató a sus palabras y a su significado poético. ¡Gracias por ello!
* Profesora-investigadora de la UAM Azcapotzalco.