Medio ambiente


RECALENTADO DE CAMBIO CLIMÁTICO


Rafael Mendoza Toro *

Después de más de una semana de discusiones, unas serias otras no tanto, concluyó en Bali paradisíaca isla del archipiélago de Indonesia, la reunión mundial sobre cambio climático sin haber producido mayores logros que sonoras declaraciones sobre el tema y ningún compromiso. Llama la atención, eso sí, que para hablar del tema los miles de expertos y no tanto, se hayan citado en uno de los resorts más lujosos del mundo y gastado un buen número de millones de dólares en hospedaje y traslados, demostrando que los modos de los legisladores mexicanos se están contagiando por el mundo. En la reunión, brilló una vez más la estrella de Al Gore, reiterando sus ya muy vistos argumentos, ocupando el rol de villano principal, como siempre, el gobierno de los EU que se negó a firmar el protocolo de Kyoto sobre el tema y en esta ocasión, igual actuó como esquirol.

Esta reiterada villanía del gobierno de George Bush, construida en mucho por la oposición de las grandes empresas petroleras a todo medida restrictiva, es a la vez muy funcional para una difusión sesgada y limitada del problema, que sirva para que todos nos sintamos “comprometidos” con el combate al problema, sin que en realidad lo comprendamos y mucho menos aceptáramos pagar sus costos; pues necesariamente disminuir la emisión de gases de “efecto invernadero” tendría un impacto negativo en nuestro bolsillo y consecuentemente en nuestro nivel de vida. Pensar que el combate al cambio climático es algo que los gobiernos deben hacer, sin asumir que los costos finales lo pagaremos todos, es una nueva forma de hipocresía ambientalista.

Dejemos esta vez de lado mis dudas sobre la misma existencia del fenómeno, su causalidad y su eventual resolución, para mejor enfocarnos en el encadenamiento de efectos económicos. Pongamos por ejemplo, el consumo de combustibles de origen fósil por los automotores; la combustión de gasolina y diesel arroja a la atmósfera la mayoría de los gases de efecto invernadero a los que se atribuye el calentamiento global, ergo, debiéramos en principio propugnar por su uso más eficiente, en motores más limpios y de mayor rendimiento. Esto implica, en palabras sencillas el uso de vehículos modernos y de baja cilindrada y la prohibición de modelos viejos y con grandes motores. Empero, en México, hemos visto la proliferación de los autos chocolates, viejos vehículos y grandes emisores de contaminantes a la vez que consumidores insaciables, que la nueva normatividad ambiental norteamericana considera ya obsoletos, pero que acá circulan sin restricciones. Ante cualquier intento de retirarlos de la circulación aparecen los paladines de las luchas sociales, enarbolando el derecho de sus propietarios a que les valga gorro el impacto ambiental de su carcacha.

Son reiteradas también las campañas de promoción sobre la disminución del uso del coche particular, invitando lo mismo a racionalizar las vueltas frecuentes, caminar cuando la distancia lo permita e incluso a hacer uso del transporte público. A los años se puede decir que estas campañas no han servido para nada, tanto el número de vehículos particulares como el consumo de gasolina crecen por arriba de la economía y de la población. Cuando por las buenas no se obtiene los resultados deseados entre la población objetivo, sólo quedan las medidas restrictivas, siempre dolorosas pero efectivas; en este caso serían el incremento a los precios de los combustibles y parámetros de verificación ambiental más estrictos y de cumplimiento obligatorio. Apretando el bolsillo necesariamente se racionaliza el uso de vehículos y aplicando normas ambientales se eliminan las carcachas; sin embargo estos dos objetivos ambientales no se alcanzarán, primero por el clamor ante cualquier intento de elevación de costo de gasolinas, que sin ningún esfuerzo aporta banderas de lucha a los redentores sociales en defensa de la economía popular, mientras que la corrupción minimiza el impacto de toda norma ambiental. Eso sí, es más sencillo echarle la culpa a Bush y las petroleras, a aceptar que será absolutamente inviable en pocos años, continuar con el abasto abundante y a bajo costo de combustibles fósiles, aparte que los biocombustibles nunca serán opción masiva. Más temprano que tarde el destino nos alcanzará, y más catastrófico será si ni siquiera estamos preparados para ello.

El gobierno norteamericano basa su oposición a las medidas anti-calentamiento en el impacto económico que tendrían en su economía, que algunos calculan en hasta tres puntos del PIB en el mediano plazo. Menor emisión de gases implica menor consumo de combustibles, pero también menor generación de energía eléctrica, menos producción industrial, menor oferta de servicios y así en todas las esferas de la economía. Obviamente, menor oferta de bienes y servicios generan una alza de precios, si la demanda es estática y consecutivamente menor consumo, sobre todo en los grupos de menores ingresos. Por las interrelaciones de la economía mundial, este impacto no sería únicamente en los Estados Unidos, sino se ampliaría en el resto del mundo; sí una caída del crecimiento del PIB norteamericano de un punto nos provoca casi crisis, dejo a la imaginación el impacto de tres puntos.

Prácticamente no hay ninguna vía de combate al calentamiento global que no pase negativamente por nuestro bolsillo y a todas sonoramente hemos dicho que NO. Si se elevan las tarifas de energía eléctrica, hay competencia por la mayor protesta, unos centavos más al gas doméstico y la revolución social amenaza con arrasarnos, incluso en el caso extremo, una medida casi inocua que sí logra una disminución del consumo general de electricidad y con ello el ahorro de combustibles quemados en termoeléctricas, como es el horario de verano, induce protestas avaladas por la ignorancia generalizada.

Como apunté líneas arriba, no estoy plenamente convencido que el fenómeno del cambio climático corresponda exactamente a lo que hoy es dogma revelado, lo que me parece inobjetable es que, cualquiera que sea el escenario climático, el futuro necesariamente será más austero en todos los sentidos. La sociedad de consumo vive sus últimos momentos y el ciclo consúmase-deséchese debe ser olvidado; la escasez relativa de la teoría económica será absoluta en muchos sentidos y entendida por todos. Los combustibles fósiles son recurso no renovable, su fin esta cercano y no hay en el corto plazo opción; podemos consumirlos como si no hubiera futuro y concluirlos en cincuenta años, o racionalizarlos y hacerlos durar un poco más. De momento, me comprometo a apagar mi televisor cada vez que aparezcan Bono o Diego Luna con su choro mareador sobre un tema, que a lo visto no comprenden y usan como adorno en la solapa.

* Nació en el DF en 1952, reside en Aguascalientes desde 1992. Medico cirujano por la UNAM, sin ejercicio lucrativo de la profesión. Desempeñó diversos encargos en la Administración Pública Federal, principalmente en el INEGI y la Secretaria de Programación y Presupuesto. Investigador de los determinantes económicos y sociales en la salud, colaboró en el proyecto “Salud Enfermedad y Muerte en los Altos de Chiapas” en el Centro de Investigaciones Ecológicas del Sureste, y en la investigación publicada en la serie “Necesidades Esenciales: Salud, situación actual y panorama al año 2000”, por la Presidencia de la República y la Ed. Siglo XXI, en 1983.

Militante de la izquierda desde 1968; fue Secretario de Formación Política del Comité Estatal del PRD de 1997 al año 2000. Analista sobre temas políticos y sociales en diversos medios locales, como las revistas Crisol y Tiempo de Aguascalientes y los diarios El Sol del Centro, Página 24 y Aguas; escribe para el suplemento Contextos del diario de circulación nacional Milenio desde el año 2001. Fue coordinador del libro: “Alternancia y transición democrática, la experiencia de Aguascalientes”, editado en el año 2005 por el Senado de la Republica y la Universidad Autónoma de Aguascalientes.

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