Estados Unidos


MIRANDO AL NORTE


Rafael Mendoza Toro *

Los errores se pagan: el haber usado el calificativo de “negrito que todos quiere” para referirme a Barak Obama, precandidato demócrata a la presidencia de los EU me ha ganado más regaños y cuestionamientos que ninguno de las anteriores e irresponsables juicios vertidos en estos textos. De racista no me bajan y alguien hasta me llama propagandista Bush y demás cuates de Washington, pues Barak vendría a simbolizar algo así como un redentor, un John Kennedy negro del siglo XXI que modificaría, para bien, a los Estados Unidos. Tanto por mi tendencia a llevar la contraria como para puntualizar algunas ideas poco fundamentadas sobre las futuras elecciones norteamericanas, veamos uno por uno a los precandidatos.

Empezando por el susodicho Barak Obama, joven maravilla de la política demócrata, quien tiene entre sus haberes su juventud, su fácil oratoria, una sonrisa de millón de dólares y un incuestionable carisma que derrite los corazones de los votantes. Su irrupción en la precampaña fue equivalente a un tsunami: apenas anunció sus pretensiones prácticamente atrajo todas las atenciones y sería difícil encontrar a alguien que exprese alguna valoración neutra sobre él, se le ama o se le odia, mas no ignora. Cambio y esperanza son los ejes de su discurso, impulsando una reunión de Norteamérica más allá de las diferencias partidarias. Si bien esto suena muy bien, si se analizaran los contenidos en su discurso, propuestas concretas a los muchos problemas concretos que pasan los EU, se encontraría poca substancia, generalidades y escaso sustento a sus propuestas económicas y sociales. Usando una analogía nacional: Obama sería el equivalente a Fox y el Peje, prometiendo un país con arco iris brillantes y muchas caritas felices, mas con pocas ideas sobre como hacerlo.

Conocimiento y pragmatismo es lo que abunda en el lado de Hillary Clinton, quien a más de un cambio presume saber como hacerlo, producto tanto de su experiencia como del concurso de los mayores pensadores demócratas. Sus propuestas empero, tienen sus limitaciones que le alejan votantes: construidas al interior de los poderes establecidos, modificaran las situaciones al límite de no tocarlos ni afectar sus intereses superiores; podrán ceder un poco para superar los problemas actuales, pero no más. Por ejemplo, Hillary impulsará la necesaria cobertura universal de los servicios de salud, pero sin tocar los intereses de la industria médica-hospitalaria ni de las aseguradoras, quienes así ganarán más.

En los confines de la izquierda del partido demócrata se encuentra el tercer precandidato, John Edwards. Propuestas de cambio no le faltan y, además bien documentadas, pues son de hecho las mismas que han reciclado parte de los demócratas desde hace 30 años; lo malo es que son viejas y no corresponden a las nuevas circunstancias. Usando de nuevo parangones nacionales, Edwards sería el equivalente a los nacionalistas revolucionarios que intentan reeditar el México de los 70s. Sus discursos pueden sonar atractivos cuando defiende los intereses del hombre común ante las grandes y perversas corporaciones, pero en realidad ya no atraen a los votantes, el mejor ejemplo es que los sindicatos, supuestamente sus aliados naturales, prefieren voltear hacia Hillary o Barak, como opciones más viables y productivas.

Ya en el lado republicano, empecemos por los dos del centro: Rudy Giuliani y John Mc Cain, diferenciándose en que el primero lo oculta y el segundo lo resalta. Giuliani, ex alcalde de New York, presume su mano dura contra el crimen y su manejo de la crisis del 9-11 pero al mismo tiempo intenta ocultar su agenda social cercana a lo liberal, en terrenos como el aborto y los derechos homosexuales, intentando así atraer a la derecha cristiana. Mc Cain, senador e impulsor de la propuesta de reforma migratoria, es un republicano de viejo estilo: conservador en lo social y procapitalista en lo económico, pero marca una diferencia absoluta con las nuevas tendencias en lo que hace al laicismo como tesis fundacional de los EU. Desde hace décadas, la derecha cristiana ha ido ganando presencia entre los republicanos y con el gobierno de Bush prácticamente tomaron el mando e impusieron agenda, prohibiendo la experimentación con “células madre”, impulsando la enseñanza del “creacionismo” en contra de la evolución de Darwin, etc. En contra de esta tendencia, Mc Cain sigue un discurso moderado y laico que le ha atraído el voto de los independientes.

Ya en terrenos cercanos a la ultraderecha encontramos a otros dos candidatos, Mitt Rommey y Mike Huckabee. El primero ex gobernador de Massachussets donde dejó buen recuerdo y la impresión de un pragmatismo inteligente, impulsando reformas a los sistemas de salud e incluso una amplia tolerancia hacia los migrantes, ya precandidato ha sacado a relucir todos sus prejuicios, encarando una imagen dura e intolerante, que aplicando la ley acabará con todos los problemas sociales, mientras amplia los márgenes de la libre empresa. Intentando ganarse a la derecha cristiana y que se olvide su pertenencia a la religión mormona, ha llegado al extremo de proclamar que solo los cristianos pueden ser plenamente norteamericanos y que “no hay libertad sin Dios”. Aún más a la derecha está Huckabee, quien además de ex gobernador de Arkansas es pastor bautista, quien al mismo tiempo que expulsaría a todos los inmigrantes ilegales, establecería el reino de Dios en la tierra con una teocracia equivalente al fundamentalismo musulmán; debiéndose apuntar que es improbable que gane la candidatura y más aún la presidencia. Siguen en la contienda más candidatos, que por falta de espacio no se revisaran, aunque en el caso del “libertariano” Ron Paul amerita algunas líneas próximas.

Para concluir, se ha mencionado que por su importancia global, todos lo ciudadanos del mundo debiéramos votar en las elecciones de EU, empezando por los mexicanos. Si este fuera el caso en principio me inclinaría por Hillary Clinton o John Mc Cain, pues no siempre los candidatos demócratas representan la mejor opción para México. Como parte del establecimiento, ambos ofrecerían un terreno conocido y cambios en lo necesario, mas no sustos ni ideas aventuradas; algunas de riesgo para nuestro país como es la tentación de tornar al proteccionismo industrial, vigente en ambos partidos. Obama y Giuliani serían tal vez la segunda mejor opción, con la condición que ambos abandonaran la demagogia por el pragmatismo. Lo peor para México representarían Edwards, Rommey y Huckabee, los últimos por su histeria antiemigrante y el primero por su agenda proteccionista, que en nombre de reconstruir los empleos perdidos, propone revisar el TLC y limitar las exportaciones mexicanas, y eso si sería una catástrofe y no la palabrería de las organizaciones campesinas mexicanas. Pero como no podemos votar, al menos sigamos las noticias y quienes crean en ello, prendan una veladora a San Judas Tadeo por su candidato, aunque sea Obama.

* Nació en el DF en 1952, reside en Aguascalientes desde 1992. Medico cirujano por la UNAM, sin ejercicio lucrativo de la profesión. Desempeñó diversos encargos en la Administración Pública Federal, principalmente en el INEGI y la Secretaria de Programación y Presupuesto. Investigador de los determinantes económicos y sociales en la salud, colaboró en el proyecto “Salud Enfermedad y Muerte en los Altos de Chiapas” en el Centro de Investigaciones Ecológicas del Sureste, y en la investigación publicada en la serie “Necesidades Esenciales: Salud, situación actual y panorama al año 2000”, por la Presidencia de la República y la Ed. Siglo XXI, en 1983.

Militante de la izquierda desde 1968; fue Secretario de Formación Política del Comité Estatal del PRD de 1997 al año 2000. Analista sobre temas políticos y sociales en diversos medios locales, como las revistas Crisol y Tiempo de Aguascalientes y los diarios El Sol del Centro, Página 24 y Aguas; escribe para el suplemento Contextos del diario de circulación nacional Milenio desde el año 2001. Fue coordinador del libro: “Alternancia y transición democrática, la experiencia de Aguascalientes”, editado en el año 2005 por el Senado de la Republica y la Universidad Autónoma de Aguascalientes.

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