CON LA PAZ NO SE JUEGA
Justo cuando la OEA -fundada nada más ni nada menos que en Bogotá en 1948- está cumpliendo 60 años, el lema “América para los americanos”, parece empezar a dar un giro que puede llegar a los 180 grados. Lo ocurrido en la frontera ecuatoriana, no fue menor, nos obliga a reflexionar que el odio entre personas, pueblos y naciones siempre ha sido el preámbulo para romper la paz. La gran mayoría de las guerras, empieza por el mal uso del lenguaje, hasta en los partidos de futbol la violencia es precedida por los insultos y la intolerancia. La exclusión social y política incuba resentimientos, la primera manifestación de los excluidos es el discurso, la respuesta de los intolerantes va, desde la indiferencia hasta la represión verbal o bélica. En tales ambientes, la escalada hacia la mascare y el terror es inevitable. Como resultado del control mediático, poco se ha difundido acerca de otras recientes violaciones al territorio ecuatoriano. La explicación –por no decir pretexto- colombiana: lucha contra el narcotráfico. El reclamo del país invadido, el uso de sustancias tóxicas para supuestas fumigaciones.
Nadie en su sano juicio podría justificar el terrorismo que en su esencia es cobarde. Arremete sin arriesgarse en la lucha frente a frente y, cuerpo a cuerpo. Lo hace de manera artera, alevosa, y contra víctimas en desventaja que no se pueden determinar con exactitud. Pero tampoco es perdonable ignorar el caldo de cultivo que lleva a algunos grupos a tales extremos. Israel en su lucha, por lograr la independencia, contra los ingleses en Palestina, usaron también del terrorismo, Yitzak Shamir y Menajem Beguin, líderes terroristas de aquella época, después de su triunfo fueron primeros ministros de esa nación. ¿Qué hace diferentes a estos “terroristas”, de los latinoamericanos sudafricanos, afganos, irakies o palestinos?
Esa OEA de la posguerra, cuyo primer secretario general fue el colombiano Lleras Camargo, que hizo imaginar a Trumman que los países de todo el continente estaban ya escriturados a nombre de los Estados Unidos de América, no ha entendido los cambios políticos posteriores a 1962, cuando expulsó a Cuba de su seno. La OEA que se vio forzada a admitir la gravedad de la ruptura de un principio internacional básico, por el compromiso de seguir sirviendo a los intereses yanquis, quedó evidenciada en su inoperancia, cuando fue el grupo de Río el que dio una salida a la crisis que ponía en riesgo a toda la región. Ningún país, tiene derecho a perseguir y masacrar más allá de su territorio. Soslayar este principio internacional es inadmisible; por eso el presidente Correa, encontró eco hasta en la población colombiana, por ello México debería estar reaccionando de forma enérgica, por el muro de la ignominia y los gases lacrimógenos que nos han lanzado en la frontera norte. Asumir que eso es problema “del otro” y la imposibilidad de que nos ocurra a nosotros, es un pensamiento eminentemente reaccionario. Callar "porque las cosas son así, y nadie las va a cambiar”, es cuando menos cobardía. Dejar de defender la cultura, costumbres, idiomas, religiones, ideologías, nacionalidades y la riqueza –energética, minera o biológica- de una nación es, por decir lo menos, claudicación frente a otras apetencias de poder, económico, territorial o político.
El miedo y la intolerancia, son más explosivos que la pólvora, porque el valiente sojuzga, hasta que el cobarde pone límites. La violencia no puede ser justificada, debe ser repudiada, venga de quien venga, si acaso nos creemos con el derecho de llamarnos civilizados. Aun los enemigos, en las guerras tienen privilegios, según lo estipulan las convenciones internacionales. Mentir para intentar corregir los errores, es rudeza innecesaria. Bombardear a personas dormidas, es jugar con la paz, haberlo ignorado sería traición a la raza humana.
* Comunicóloga.