Música


INTERLUDIO MUSICAL: BOB DYLAN A ESCENA


Rafael Mendoza Toro *

Por esta única ocasión, dejemos de lado la tradicional temática de este espacio, normalmente dedicado a los aconteceres de la política, economía y demás oscuros inframundos, para en su lugar voltear hacia uno de los auténticos placeres de la vida, por cierto exigua lista que contiene los verdaderos “porque” aun seguimos camelando en este mundo cruel: la música. Si bien de hace rato he sido melómano y la compra de discos en todas sus opciones consumen parte de mis menguadas finanzas, ciertas ocasiones vale la pena echar la casa por la ventana, romper el cochinito y salir al camino a recibir a uno de los verdaderos profetas de nuestro tiempo: Bob Dylan, quien hace pocos días retorno a la ciudad de México a presentar dos conciertos en el Auditorio Nacional, al primero de los cuales acudí. Con la impresión aun a flor de piel, va una especie de crónica del mismo.

Empecemos por recordar, que el rock como espectáculo de masas tiene una data muy reciente en México, menos de dos décadas; en los años de autoritarismo priista, por alguna extraña razón nunca explicitada, se podía escuchar rock en la intimidad del hogar vía radio o grabaciones, en pequeños foros marginales, en bares y cafés cantantes de dudosa reputación y, solo si era de la anodina versión comercial en películas juveniles y teatros de revista, empero conciertos masivos de los grandes interpretes estaban totalmente prescritos. Así, pasamos nuestra juventud añorando la posibilidad de alguna vez escuchar en vivo a los Rolling Stones, Led Zeppelín, Janis Joplin, o ya de perdis a los Monkees o Turtles; pero esa opción nos fue negada, tal vez porque nuestros celosos censores los consideraban otra variante de las “ideologías ajenas a la idiosincrasia mexicana” de las que trataban de protegernos. Algo sucedió empero ese 1991, cuando se anuncio un primer concierto en el palacio de los deportes de la ciudad de México a cargo de Bob Dylan y su banda, contando con Los Lobos, mítico grupo chicano como teloneros.

En esa ocasión, sus fans, ignorantes de estar haciendo historia, nos reunimos a rendir culto a uno de los mayores iconos del siglo XX, siglo en donde las “voces de los profetas están escritas en los muros del metro”; empero Dylan, ajeno a nuestro fervor, pasaba por una de sus etapas de ira global, arbitrariamente canalizada hacia los auditorios que lo escuchaban. En consecuencia, además de la pésima sonorización del domo del palacio, del asedio constante de los elementos de seguridad, puestos a apañar a quien mostrara signos de gozo mayor a lo habitual, la audiencia sufrió la interpretación “acelerada” de parte de Dylan de las canciones del repertorio, equivalente a tocar a 78 rpm un disco de 33 (referencia solo comprensible para quienes recuerdan los tocadiscos y sus acetatos respectivos). Pese a lo anterior, al salir sentimos haber compartido un poco de la palabra de uno de los grandes profetas y más de uno inicio su propio conteo regresivo en espera de la siguiente oportunidad y esa llego 17 años después.

Robert Allen Zimmerman, su nombre real, nació hace casi 67 años en Duluth, pueblo perdido en medio de ninguna parte, de donde sale en su juventud en busca de otros horizontes. De origen judío, el joven Zimmerman abraza una tradición “ajena”, la música country, espacio casi exclusivo de blancos “red neck”, aunque antes que tonadas vaqueras, son las baladas de contenido social de Woody Guthrie las que llaman su atención. Empezando a componer e interpretar su música, adopta el apellido de Dylan, por Dylan Thomas, poeta simbolista a quien admira; empero sus letras están mas ligadas al compromiso social de Guthrie por lo que gana fama como trovador del naciente movimiento de derechos civiles de inicios de los 60s. Su canción “Blowing in the wind”, traducida como “La respuesta esta en el viento” deviene en himno y es interpretada lo mismo en los mítines pacifistas contra la guerra de Vietnam que en las marchas por los derechos de los negros encabezadas por Martín Luther King.

Habiendo alcanzado la fama y algo de fortuna antes de cumplir los 30, Dylan en lugar de vivir de sus rentas y repetirse hasta el infinito, decide por apostar por el cambio permanente, tanto en su música, estilo y hasta en su vida; así, lo mismo incorpora el sonido de guitarras eléctricas para pánico de los puristas “folk” que un mal día se reencuentra cristiano renacido después de un accidente de motocicleta. Lo especial, en el caso de Dylan, es que ese cambio permanente lo conserva vigente y actual, no solo como icono nostálgico, sino como una de las grandes voces contemporáneas; no por nada ha sido candidato al Premio Nóbel de literatura como poeta y recibió el Premio Príncipe de Asturias en la misma modalidad.

En consecuencia, no era un mero rito de nostalgia sesentera lo que convocaba 17 años después de su primera presentación a escuchar de nuevo a Bob Dylan; tal vez en el fondo todos queríamos oírlo entonar “like a rolling stone” pero más importante como motivación era constatar las nuevas etapas del devenir de la eterna piedra rodante. Y aunque no puedo citar ninguna encuesta representativa de “satisfacción del consumidor”, si puedo asegurar que muy pocos se sintieron defraudados o desencantados, salvo alguno que otro despistado que llevaba su cancionero para corear las viejas rolas. Mas no hubo engaño, desde el arranque del concierto quedo plasmado el mensaje cuando muy pocos reconocen la clásica “rainy day women” en su nuevo arreglo, a buen entendedor: no habrían peticiones ni daría espacio para hacerle segunda en la voz ni para sacar encendedores.

Habiendo definido lo básico, Bob Dylan y su excelente banda arrancaron el concierto, intercalando las piezas del nuevo disco, por cierto llamado “Modern Times” para desencanto de quienes viven anclados en las “oldies”, con viejas rolas en nuevos arreglos musicales, tan nuevos que parecían retos a los viejos seguidores para que las reconocieran. Alguien podría llamarse a desencanto pues desde los primeros compases Dylan dejó la guitarra por un pequeño teclado, dando pie a que un músico profesional la ejecutara a lo largo del concierto, lo que permitió que los muy elaborados arreglos sonaran “profesionalmente”, cercanos a Las Vegas, comento algún purista. No hubo momento acústico, ni siquiera “Blowing in the wind” la mereció; es mas, sólo al llegar al coro la mayoría del publico supo que se trataba del viejo himno.

Nomás para que no se me tilde de “lamebotas” y haber olvido mi encono critico, habría que citar para concluir que lo peor del concierto fue el excesivo ambiente clasemediero de la audiencia del Auditorio Nacional, que dio espacio a lo mejorcito de la “inteligentualidad chilanga” y al lucimiento de las mejores galas del “red set”; ya entrado en esos campos, prefiero a la raza rockera que aclamó a Iron Maiden dos días antes en el foro Sol ¡esos son los mios!

* Nació en el DF en 1952, reside en Aguascalientes desde 1992. Medico cirujano por la UNAM, sin ejercicio lucrativo de la profesión. Desempeñó diversos encargos en la Administración Pública Federal, principalmente en el INEGI y la Secretaria de Programación y Presupuesto. Investigador de los determinantes económicos y sociales en la salud, colaboró en el proyecto “Salud Enfermedad y Muerte en los Altos de Chiapas” en el Centro de Investigaciones Ecológicas del Sureste, y en la investigación publicada en la serie “Necesidades Esenciales: Salud, situación actual y panorama al año 2000”, por la Presidencia de la República y la Ed. Siglo XXI, en 1983.

Militante de la izquierda desde 1968; fue Secretario de Formación Política del Comité Estatal del PRD de 1997 al año 2000. Analista sobre temas políticos y sociales en diversos medios locales, como las revistas Crisol y Tiempo de Aguascalientes y los diarios El Sol del Centro, Página 24 y Aguas; escribe para el suplemento Contextos del diario de circulación nacional Milenio desde el año 2001. Fue coordinador del libro: “Alternancia y transición democrática, la experiencia de Aguascalientes”, editado en el año 2005 por el Senado de la Republica y la Universidad Autónoma de Aguascalientes.

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