TRANSITANDO EN LO QUE FUE EL IMPERIO DE LAS CHINAMPAS
Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán *
Benjamín a veces se cansa del sistema de transporte colectivo de la Zona Metropolitana. Después del accidente y el último atropellamiento académico de su coordinador juro ya no manejar. También quiso dejar de dar clase o por lo menos ya no hacer exámenes. Pero eso le resulto más difícil. Valiente, toma las llaves del viejo Karmann Ghia y se atreve. Quita la cubierta y sale desde temprano a ruletear la chuleta con el sudor de su lengua frente al pizarrón, (como le dicen sus cuates del dominó de los jueves – que dicho sea de paso se han convertido en el club de las tardes de video, afectados por dos virus: la piratosfera y la hueva de pensar-). A veces esas decisiones en la esta ciudad, antes paraíso lacustre, resultan costosas.
Son las siete y doce minutos de la mañana y Benjamín al volante del convertible, que no se mueve hace cinco minutos, ya no entiende un carajo: en el eje vial los coches circulan en sentido contrario en el carril de camiones – que ya no existen - y que son tomados por otros autos que también circulan libremente para donde se les antoja y que en dos largas filas no dejan pasar a nadie; ni a los ordenados que no caben en los carriles normales, tampoco a los de la calle perpendicular que ya está bloqueada. En fin, chorizos que se entrecruzan, prohibiéndose el paso unos a otros. Mientras esto resulta cada vez más caótico, en la radio se anuncian autos nuevos con bajo enganche y comodísimas mensualidades. Benjamín cambia de estación, escucha una voz conocida, ahí la deja:
No se trata de hallar un culpable,
las historias no acaban porque alguien
escriba la palabra "fin".
No siempre hay un asesino,
algunas veces toca morir...
lo que viene se va
como suele pasar
el viento, el viento
Tolerancia Benja, se dice, tolerancia, aunque si para algo se sabe negado es para soportar el no-lugar del transito capitalino, ante cuya realidad reacciona en forma insospechada: se sorprende dándole el paso a un perro, o amenazando de muerte a una viejita, haciendo señal del dedo a algunos adolescentes bromistas, prohibirle el paso a una ambulancia, pararse a ayudar a cambiar una llanta a un borracho o cerrársele a una mujer muy guapa. Un desquiciado en el mar de la locura. Un atropellado al volante por una ciudad que tiene insomnio todos los días del año y es hiperquinética de cuatro ruedas.
El profe, agotado después de una hora de cantar con Aute y otros trovadores, en la radio ciudadana, se detiene en un Wal Mart. Quiere agua, estirar las piernas, distraerse. Escapar. Recoge un boleto, que automáticamente le da acceso a la catedral de la sociedad moderna; el festín del plástico made in China. Trae 600 pesos, en su tarjeta de debito. Compra el agua y Yo, robot que estaba de oferta.
- Encontró todo lo que buscaba - pregunta una somnolienta cajera.
- Si – contesta también automáticamente. Desapendejarme: un poco, concluye para si.
Va a disponer de efectivo.
- Si, me da quinientos pesos- no va a quedar nada, pero de todos modos no es mucho, piensa financieramente Benjamín. Casi se le olvidaba.
- Me puede checar el boleto.
- Claro.
Después de firmar, le entregan un bultito arrugado en el que van boleto, un billete de quinientos pesos y su tarjeta de debito. Intenta decirle que le cambie toda su fortuna en moneda fraccionada, pero la empleada ya pasa por la caja un paquete de ocho rollos grandes de papel del baño del siguiente en la fila.
No ha almorzado y una pizza le hace un guiño al pasar por una vitrina. Como siempre cae presa de sus pasiones:
- Me da una individual de dos ingredientes.
- 39 pesos, sale en quince minutos.
Benjamín paga.
- No, que no ve que vamos abriendo. Consiga cambio.
- Usted consiga clientes.- La frase era de un Manual de un curso de Marketing que tomó hace años en un inter semestral.
Con el estomago en blanco, llega a la salida. Entrega su boleto.
- Son diez pesos.
- No señor – muy decente argumenta Benjamín- a la entrada había un letrero que decía que con boleto sellado eran dos pesos por una hora y llevo media.
- Si, pero su boleto no esta sellado.
- Debe haber un error, aquí está mi tiquete.
- No sirve: son administraciones diferentes.
Benjamín intenta ir de reversa pero tiene cuatro carros atrás de él. Se siente desconcertado. Embestido una vez más. Ve su reloj: ocho y veinte. Su problema es tan simple como absurdo: no tiene diez pesos. La respuesta es otra vez valerosa; saca el billete de quinientos.
El empleado toma una celular e informa. Mientras Benjamin encuentra seis pesos llenos de ceniza que de nada servirán.
- Ahorita me autorizan. – Las mentadas de madre de los autos que ya son caravana, no se hacen esperar. El empleado parece acostumbrado.
Después de quince minutos, cuatrocientos noventa pesos le son devueltos, en monedas de diez pesos.
Tomando el carril central recuerda las embestidas cotidianas que le regala la ciudad: los robos de sus carcachas, con todo y tareas de los alumnos mal calificadas; los viajes en autos sobre dos llantas saludando a la cámara, es decir, en una grúa; las verificaciones resueltas en la fila de los de ayuda; los aguinaldos desaparecidos en forma de tenencia y predial; los coches que frenaron encima de su auto, los cristalazos para llevarse un radio viejo y respetar mucho libros que siempre lo acompañan, la ocasión que tuvo que ir en huaraches un mes a la escuela por que un volcho le paso por el píe.
La ciudad no es chinampa, tampoco un paraíso: marchas, accidentes, ineficiencia, corrupción, bombazos fallidos, falta de educación vial, mujeres al volante tan cafres como el peor de los materialistas, colectivos como asesinos seriales. Pero solo aquí hay tantas universidades, se consuela Benjamín.
Benjamín Rojas comienza a elaborar un ensayo en su cabeza: Lo que habrá que reconocer- enmendándole la plana a Weber- es que en esta ciudad el monopolio de la violencia legítima lo dejo hace mucho de tener el estado; es una violencia, la de ahora, con mucha y variada oferta. El auto continúa a vuelta de rueda.
En formato 21, iniciamos 21 minutos de noticias con la siguiente nota: El secretario de Seguridad Pública capitalino, Joel Ortega Cuevas, reveló que el número de muertos en esta ciudad por atropellamiento durante el presente año ascendió a mil personas, por lo que consideró urgente fomentar el hábito del respeto entre conductores y peatones.
- Hábito de respeto, mil personas.- dialogante Benjamín- y los que nos atropellan a nosotros ¿qué? ¿quién nos respeta?- guardo silencio, como reprendiéndose por el comentario del Benja reaccionario, que luego sale. Las guerras de afuera tarde o temprano impactan adentro, continuo en su pensamiento recodando a un escritor Chileno, aquel que le gusta tanto por que no necesito de becas o estímulos para crear literatura.
Benjamín gira el volante para no caer en la alcantarilla.
Son las nueve treinta de la mañana y sabe que pronto estará en la Unimet: en el estacionamiento encontrará lugar inmediatamente para su viejo auto; sus alumnos desearan en forma comedida y atenta aprender, las autoridades serán comprensivas e inteligentes: de pensamiento amplio y flexible; dispondrá de forma sencilla de todos los recursos técnicos y didácticos para emprender la docencia en esas aulas de conocimiento arquitectónicamente diseñadas para el saber; no tendrá carga administrativa como, pasar lista, subir Programas, calificaciones, porcentajes, actas a un sistema que siempre es eficiente, jamás pondrá nadie en duda su cátedra y ganará lo suficiente para poder seguir culturizándose en bien de la escuela.
- ¡Qué bien se siente ser protagonista de la educación de esté país!- grito al entrar a la Universidad como diciendo ¡Ajua!.
Benjamín va por el pasillo en que se exhiben unas fotos de revistas. Del filo de una de ellas- cualquiera diría que estaba ocultándose al acecho de la presa-, sale el Dr. Pérez.
- Rojas, me regala veinte minutos, en mi oficina. Es para un asunto importante que quiero comentarle. Tiene que ver con las evaluaciones que le hicieron los alumnos en el pasado periodo.
* Profesor normalista, sociólogo, psicólogo educativo y educador ambiental. Cinéfilo y escritor por gusto entre otros libros de Maestra Vida y La vida es mejor que la Escuela. Recientemente publicó la novela colectiva El maestro Equivocado. Como de nada de lo anterior se vive, da clase en instituciones de Educación Superior.